Esta foto fue tomada durante el recorrido del camino de
Lares, una caminata de 3 días; suave el primer día, muy retadora el segundo día
en que se alcanza el paso a 4800 msnm y un tercer día de bajada que destruye
las rodillas. En la foto ven un hombre con mochila amarilla que está bajando.
Él se llama Jung y vino desde Corea del Sur. En su país se dedica a las
finanzas, todo el día detrás de un escritorio, con malos hábitos como fumar,
comer en exceso y absolutamente cero ejercicio físico. Un día decidió tomar
vacaciones y para ahorrar, tomó un tour de aventura de 21 días por el Perú en
lugar de un tour más confortable y de menor duración.
Desde que lo vi caminar por la Av. Larco en Lima,
arrastrando los pies cuando aún estábamos al nivel del mar, supe que le iba a
costar la caminata en altura. Cuando observo que un pasajero no está preparado
para el trek, mi trabajo es hacer que entienda bien en lo que se ha metido, le
explico bien en qué consiste el camino, los desniveles y las condiciones del
terreno y todo cuanto considere necesario para prepararlo, al menos,
mentalmente; de ninguna manera puedo decirle que no es capaz de hacerlo y nada,
excepto diagnóstico médico, puede impedir que un pasajero se embarque en un
trek si así lo desea.
Nos fuimos pues a la montaña con Jung y el resto del grupo
que consistía de ingleses, alemanes y australianos. Todos estaban aptos para la
aventura menos Jung; durante los 10 días previos del viaje ya me había dado
cuenta que tenía problemas para respirar pues en los buses se dormía y roncaba
que daba miedo. Su compañero de habitación también me había comentado que no
lograba conciliar el sueño a causa de los ronquidos de Jung y cada vez que lo miraba
parecía cansado.
Desde Arequipa Jung me decía que estaba harto de la comida
del Perú: “Polo polo polo” decía. Y yo le decía: “Pero pídete otra cosa, hay
miles de cosas para probar” pero su instinto aventurero era también nulo para
la gastronomía. Fue entonces, cuando llevaba una semana en Perú, que buscó en
Google restaurante coreano y encontró uno en Cusco al cual fue desde el primer
día en que llegamos a esta ciudad y dos veces más a pesar de que había dicho
que era malo. Ok.
Con este personaje estaba yo subiendo la montaña. El primer
día la caminata es fácil, solemos llamarlo como “peruvian flat” o “llano
peruano”, es decir, un camino con poca inclinación aunque estemos ya cerca de
4000 msnm. El grupo avanzaba rápido con el guía, pero Jung iba atrás acompañado
por la guía asistente Roxana y su humilde servidora, moi. Jung daba un paso,
resoplaba, tosía y descansaba. Roxana y yo, le echábamos porras y tratábamos de
ir a sus flancos. Finalmente, en el doble de tiempo de lo normal, llegamos al
campamento ante los aplausos del resto del grupo. Jung lo había logrado, le
había costado, pero había llegado al primer campamento. Lo felicité y bueno era
hora de relajarse, excepto que nosotros –el guía, Roxana y yo- sabíamos que el
segundo día iba a resultarle muy pero muy difícil. ¿Cómo decirle? Nos fuimos a
dormir. Las noches son heladas y a veces cuesta conciliar el sueño. Es
importante descansar para poder afrontar la verdadera subida.
A la mañana siguiente, se desayuna, se desmonta el
campamento y se arranca. Antes de esto, yo le di unas palabras de ánimo a Jung
pero sobre todo, me encargué de asegurarle que pase lo que pase, en cualquier
momento, en cuanto a él le diera la reverenda gana podía renunciar. Sólo tenía
que avisarme; yo lo acompañaría de vuelta al valle. No pasaba nada, no tenía
nada que demostrar, ya había visto cómo era la montaña y hasta se había mamado
el frío del campamento. Podía darse por satisfecho, había trekeado en Perú! A
lo cual él contestó muy seguro y animado: “¡Retroceder nunca, rendirse jamás!”
Arrancamos pues y llegamos hasta aquí, el punto donde yo
tomé esta foto. El campamento se encuentra en la parte baja y hasta ese lugar,
un caminante promedio toma unos 20 minutos. Le tomó 1 hora a Jung llegar hasta
ahí; en ese momento yo le expliqué que hasta el paso faltaban por lo menos 3 o
4 horas de lo mismo pero PEOR porque el terreno se volvía rocoso y el aire más
ralo y después venía tremenda bajada, osea que a su ritmo llegaríamos al
próximo campamento dentro de 9 o 12 horas. ¿Estás seguro que quieres continuar?
Y Jung dijo: "¡Sí!".
Bueno, ¡vamos!. Me adelanté a zancadas y me fui a orinar
detrás de una roca mientras Roxana acompañaba a Jung que subió unos metros más
y en cuanto yo asomé mi cabeza por detrás de la piedra vi que agitaba sus
bastones en señal de rendición. Bajé corriendo y me dijo que ya no quería
continuar. Nos despedimos de Roxana que se fue a alcanzar al grupo, y Jung y yo
comenzamos el descenso. Como para seguir trekeando mi plan era caminar el resto
del día hasta llegar a Lares, total ya de bajada sería más fácil. Pero Jung no
quería caminar más y cuando llegamos al caserío me hizo correr para alcanzar
una combi que de casualidad estaba ahí para llevar a los habitantes de Cuncani
hasta el pueblo de Lares. El pasaje normalmente cuesta 3 soles para los locales
quechuas; a nosotros nos cobraron 30 soles por los dos y ante mis protestas,
Jung dijo que pagaba todo y no le importaba nada con tal que lo sacaran ya de
la maldita montaña. La combi esperó hasta llenarse de como 15 mamachas más
hasta que finalmente arrancamos.
En Lares tomamos otra combi hasta el valle y de ahí otra
combi hasta Ollantaytambo para recoger unas cosas; luego regresamos a Cusco y
durante los siguientes días Jung no hizo más que comer en el restaurante
coreano.
Foto Perú 2017 ©LaRabi