domingo, enero 21, 2007

Porque un poquito te extraño...





Buenos Aires, Buenos Aires… Bonito nombre, bonita ciudad. Buenos Aires sin duda tiene buenos aires cuando no son esos vientitos patagónicos que suben anunciando lluvias. Claro está que el dicho “la belleza está en los ojos del que mira” no deja de tener sentido pero, aunque la mirases de mala gana – y me ha pasado –, esa ciudad no deja de ser bella, no pierde su encanto. Empezando por sus hombres y mujeres, sus cafés, sus grandes avenidas, sus bosques, su cielo tan azul en verano como en invierno, sus placitas, sus numerosos museos, sus librerías, su Costanera, su Puerto Madero, sus antiguas calles de San Telmo, su tango, sus estadios, su locura por el fútbol, su Diego, su Boquita y su choripan!

Esto es el testimonio de una vegetariana agobiada por el olor a parrilla que inunda cada rincón de la ciudad los sábados por la noche porque el asadito al menos una vez por semana no se perdona. Esa manera excesiva de comer carne roja, sin duda, afecta el temperamento a veces gritón y agresivo que pueden demostrar los porteños, que también pueden llegar a ser como dulce de leche. Supongo que compensan el carácter sanguíneo agregándole a todo por lo menos un cuarto de kilo de helado. Inequívoca herencia italiana en cada rincón y en cada hábito de los porteños, las heladerías y las pizzerías abundan para toda preferencia. Volviendo al sábado por la noche. El olor a carne asada me acosa. Me escondo en mi almohada pero ya ha penetrado mis fosas y se ha impregnado. La procedencia es incierta o mejor dicho de todas partes, puede ser cualquier restaurante o el vecino que tuvo la brillante idea de poner una parrilla en su balcón. Sería contra natura que ese olor moleste a un argentino. Más bien les hace salivar y quizás sólo la milanesa pueda competir el primer puesto en la lista de los manjares de un porteño.

A medida que pasa la hora, el olor se disipa y comienza la previa. La previa, como su nombre lo indica, es un preliminar a la “joda”. Son los amigos que se reúnen y departen mientras deciden dónde comenzará el resto de la noche. En qué barrio, en qué “boliche” y cómo llegar. No es ningún problema. La oferta abunda y los taxis y el transporte urbano – a excepción del subte- circulan las 24 horas. Hay para todos los gustos. Todos los estilos musicales y de diversión. Discotecas pares a las “mejores” del mundo o locales para bohemios empedernidos, roqueros, cumbiancheros; hay para bebedores de vino, hay para quien prefiere la cerveza y el billar, para los amantes del jazz, para quien no quiera bailar o para quien se quiera reventar. Hay de todo y sin parar. Hasta la mañana.

Cuando el sol apunta es hermoso volver a casa pasando por la confitería para comprar unas facturas y medias lunas antes de confiarle a la almohada las locuras de la noche. El domingo es tan tranquilo con su tiempo de mate o su momento de helado. Las tardes de fútbol. La gente en los parques. Porque si algo saben hacer es sin duda compartir y disfrutar con la familia o con los amigos, da igual. Eso no se les puede negar.

Pero el lunes llega y la ciudad retoma su ritmo vertiginoso. Las anchas avenidas se saturan. El subte se repleta en hora punta al punto de poder sentir los latidos del corazón de quien va apretado a tu lado o poder escuchar la música de su i-pod. Es una carrera de taxis y buses, de autos particulares, peatones, viejitas con perritos versus chicos de saco y corbata con piercing en la ceja o repartidores de algo. El delivery en Buenos Aires es casi siempre sin costo y en el centro lo más gracioso es ver a los mozos llevando bandeja y un (1) café, zigzagueando entre transeúntes en carrera loca hacia oficinas varias donde se decide la vida o muerte económica de la ciudad. Supongo.

Buenos Aires salió un poco machacada de la gran crisis. Hay más pobreza. Más delincuencia. Mucha injusticia social que no deberían ser indiferentes ni al turista más desprevenido. Pero cómo dicho antes… ¡hay tanta belleza y siempre un cielo azul! Y vuelve el sábado con su mercadito hippie de Plaza Francia en la hermosa Recoleta. Llena de artistas ambulantes, cantantes, bailarines de tango y hasta capoeristas. No falta nada para entretener los sentidos hasta que el olor a carne me vuelva a saturar. Sólo queda escribir lo que mil veces se habrá ya escrito, a Buenos Aires se va para comer abundante y no muy costosa carne de excelente calidad, beber buen vino, ver gente hermosa, espacios verdes o arquitecturas interesantes, sacarle el jugo a la intensa vida cultural o nocturna y en pocas palabras: disfrutar.

Foto 1: Av. 9 de Julio Sabado por la mañana. Vacía
Foto 2: En el tren hacia Retiro
Foto 3: Barrio Norte
Foto 4: Cementerio de la Recoleta.

Fotos de La Rabi.